9 de agosto. No tengo palabras



Esta mañana Mohammad llegó temprano sobre las 5 de la mañana para llevarnos a conocer el paso de los trabajadores palestinos a Israel. Los días anteriores nos explicó cómo funcionaba y yo, personalmente, me hice mi propia idea con sus explicaciones.

A pesar de los detalles de aquellas explicaciones, jamás hubiera imaginado lo que hoy han visto mis ojos. Las fotos que hemos hecho, para nada reflejan la verdad de aquel sitio.

Para empezar, habría que explicar que los palestinos no tienen acceso a territorio israelí o territorio palestino ocupado excepto si tienen un permiso de Israel. Estos permisos pueden ser de trabajo o comercio. Las personas mayores de 55 años no lo necesitan, pero, se exponen igual a que no les permitan entrar al llegar al control. El hecho de tener un permiso no garantiza para nada que te permitan entrar, sino que al final depende exclusivamente del personal que trabaja en aquel control.

Como ya sabéis, yo no soy nada dramática y además estoy acostumbrada a las estructuras de seguridad, vallas, concertinas, perímetros, cámaras. Todas esas infraestructuras no me impresionan ni lo más mínimo, son algo habitual para mí. Pero entiendo ese tipo de infraestructura en un contexto muy, muy diferente.

Al llegar al lugar dejamos nuestro vehículo en el aparcamiento, con los demás coches. Allí no paran de llegar taxis colectivos y vehículos compartidos de los que se bajan personas portando sus bolsas con comida, ropa y demás cosas necesarias para trabajar. A las 5 y media de la mañana aquello es un vaivén de personas, un bullicio que se parece al de una ciudad en plena mañana, con sus puestos de venta de comida, café y otros. La diferencia es que nos encontramos a las puertas de una frontera dentro de un mismo país. Y que debe cruzarse cada día para poder llevar el pan a casa.

Nos adentramos por las callejuelas y nos damos de frente con la estructura metálica y las vallas y allí colas de gente en los 4 accesos de hierro con puertas giratorias que disponen de un contador de apertura y que se abren y cierran para dejar pasar por grupos. Los pasillos de espera para organizar las filas son como los de las colas de espera en los parques de atracciones, sólo que están dentro de un enrejado y al final no te espera ninguna diversión, sinó más bien todo lo contrario.

Nuestro amigo y compañero Mohammad nos acerca a la valla lateral, la puerta de retorno, que a esta hora está vacía. Desde allí nos encontramos al lado de la “jaula” donde esperan los trabajadores a que se abran los tornos para pasar a la siguiente zona de espera. Se abren los tornos y un grupo de personas camina hacia la otra zona, allí esperan su turno para entregar el permiso de trabajo o comercio. Según nos cuenta Mohammad, después de ese control les esperan un par de salas más, un escáner corporal, un cacheo integral, y todos los controles que los trabajadores del ejército israelí en aquel momento estimen oportunos. Durante los cuales estás totalmente expuesto a que te denieguen la entrada sin necesidad de tener un motivo real.

Una vez en Israel se dirigen a sus lugares de trabajo en vehículos de la empresa o taxis. Si el control se demora más de lo necesario, puede que el trabajador llegue con retraso y si le deniegan la entrada, puede perder su trabajo.

Podéis estar pensando, bueno, esas personas eligen voluntariamente trabajar en Israel y aceptan implícitamente esas condiciones. Sí, claro. Si elegir libremente significa que en tu tierra ya no hay fábricas, porque el otro ya se ocupó de destruirlas. Si no hay tierras que cultivar porque te las han expropiado, quemado o envenenado. Si sabes que si dejas tu casa para ir a otro país a buscar trabajo cuando vuelvas puede que ya no sea tuya. Si no tienes como darle de comer a tu familia y darle unos estudios a tus hijos para que puedan desarrollar su país, evolucionar, tener un futuro. Si con todo eso, crees que es una elección libre, vale, pues lo han escogido. Pero yo creo que no es así. Creo (por toda la información que nos han dado estos días los sindicatos palestinos) que es una manera de sobrevivir y que muchos son explotados. En las empresas israelís los derechos humanos son continuamente violados. Los propietarios israelís se saltan las leyes y el trabajador palestino tiene como vía de solución acudir al tribunal israelí, que es a quien compete. Con lo cual, sabemos quién tiene la sartén por el mango.

Por todo esto, cuando estaba allí de pie, con mi cámara en la mano, al lado de la valla, con cientos de personas sintiéndose observadas por un grupo de extranjeros que sólo viene a sacarles fotos y luego no hacen nada. Que les miran desde fuera como el que va al zoo y mira los monos enjaulados. Suena fuerte, pero así es como me he sentido. Quería convencerme a mi misma de que estábamos ahí para ayudar, para no sentirme rastrera por seguir allí de pie. Pero qué puedo hacer yo? Me he pasado el día pensando en ello y lo único que se me ocurre es que puedo explicaros lo que hay, lo que he visto y sentido. Ni siquiera tengo una foto buena que poner, porque no he sido capaz de pararme y mirar a aquellas personas a la cara y hacerles una foto. No podía, me sentía miserable, impotente.


Mientras estábamos allí Mohammad nos daba cifras de trabajadores legales e ilegales que cruzan cada día hacia Israel. Por aquel paso y por otros repartidos por el territorio. Mano de obra barata, mayoritariamente en la construcción, la agriultura y las fábricas. Casi esclavos, que entran a trabajar, dejan el beneficio y se vuelven a su casa.

También nos ha hablado de los que mueren en el intento. Aunque parezca raro, hay personas que se dejan la vida allí. “El invierno aquí es frío” Algunos trabajadores se quedan aquí a dormir para ser los primeros porque trabajan en una zona bastante alejada de Israel y les lleva horas llegar a la empresa o al campo. “A veces han muerto de frío”. En otros pasos del territorio, cruzar de forma ilegal te puede costar 300 shekels e incluso la vida. Algunos pasan en los bajos de camiones o autobuses. “Una vez murieron 14 trabajadores en un accidente”.

Todo esto que os cuento, puede parecer de películas, historias de personas que están dolidas, que tienen rabia. Pero no, nuestro compañero es un sindicalista que lucha por los derechos de los trabajadores palestinos tanto en su territorio como en territorio israelí. Y sabe de primera mano todo lo que allí ocurre. Mientras caminábamos con él algunos trabajadores que esperaban su turno se han acercado a saludarle, otros a hacerle alguna consulta o comentario. Y otros como 3 trabajadores mayores de 55 años que se han acercado a preguntar por qué hacíamos tantas fotos y luego eso no servía de nada. Le comentaban los problemas que se encuentran en el paso y al llegar a Israel porque allí, también se aprovechan de la situación y les suben los precios del transporte por ser palestinos o por entrar a partir de ciertas horas. El señor, que al principio se acercó enfadado, fue bajando el tono mientras escuchaba a Mohammad que con su talante y su voz calmada le daba explicaciones y atendía sus quejas.

Este momento me ha confirmado lo que antes yo sentía que estábamos allí mirando, como simples observadores que luego se van y no dejan nada. Otros fueron antes y otros irán después, llegarán a sus países como yo a explicar lo que allí han visto y han sentido, pero el mundo no está dispuesto a escuchar. Hemos dado por sentado que este conflicto no tiene solución e incluso que no existe tal conflicto. Se ha naturalizado esta situación de tal manera que ver a cientos de personas tratados como animales, no peor, se ha convertido en algo normal, que no nos quita el sueño ni las ganas de comer cuando las imágenes pasan por delante de nuestras narices.


Esto no es un reproche, es una realidad, yo soy parte de esa realidad. Me doy cuenta ahora que estoy aquí, que lo estoy viviendo, de la magnitud de este problema. Cuando me siento a tomar té con la esposa de Mohammad y ella se emociona pidiendo a la cooperación internacional que haga algo, que no permita esto. “Es muy difícil para nosotros vivir así” “Mueren personas continuamente, hay episodios violentos cada día, y ni siquiera salen en los medios de comunicación” “Tenéis que hacer algo cuando volváis a vuestros países”. Nos agradece mucho que estemos aquí, cuando en realidad, la que tiene que darle las gracias soy yo, a ella y a personas como ella que luchan cada día por vivir dignamente en su tierra.

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