2 de agosto. Tierras con mucha historia


Esta mañana buscando un lugar donde desayunar nos adentramos en la medina de Jerusalem, la ciudad antigua, me resulta familiar, es como muchas ciudades antiguas de otros países, pero esta tiene un nosequé que la caracteriza. Algo que me provoca un sentimiento que no sabría explicar con palabras. Esta ciudad llena de historia, con sus piedras más que pisoteadas, sus edificaciones antiguas, sus historias judías, cristianas y musulmanas. Llenas de personas muy diferentes que algunos dirían que conviven, pero yo, después de pasear por las calles de Jerusalem y encontrar varios controles de militares o policías armados que te permiten o no pasar de un lado a otro de la ciudad y de ver casas ocupadas con su banderita israelí en el barrio musulmán, pues la verdad, dudo mucho que esto se pueda llamar convivencia. Ahora, si consideramos convivencia vivir en las mismas calles con una tensión en el ambiente que se corta con cuchillos, pues sí, conviven.

En el barrio musulmán, al lado de la “vía dolorosa” por donde pasó Jesucristo en su vía crucis, hemos entrado a un hospicio austriaco que tiene una cafetería bastante buena, pero cara. En la segunda planta había una exposición de fotografía de Gaza, esas fotos que te atraviesan el alma y al fondo del pasillo, como presidiendo la sala, una estatua de la virgen María. En la planta más alta el edificio tiene una terraza que por un módico precio te ofrece una panorámica 360º de la ciudad de Jerusalem. Desde allí hemos hecho fotos a la cúpula de la gran mezquita, iglesias y sinagogas. Qué curioso, el ideal de convivencia en armonía, pero eso es sólo un espejismo aquí en la tierra prometida, santa o sagrada. En un día, no sé cuántos controles de policía hemos encontrado. No sé cuantas armas he visto a esos polis, porque he preferido ver el lado bueno. Pero, la tensión está en el aire, el conflicto existe y el que lo niegue se está liando una manta a la cabeza para no ver, para no sentir.



Caminando entre las callejuelas y después de pasar por un control de policía, nos adentramos en el barrio judío, y allí uno de los lugares más sagrados y de peregrinación para los judíos, el muro de las lamentaciones. Allí he dejado yo mi papelito (como todos) con una petición muy sencilla, que no es otra que todas las culturas y religiones vivan en paz en el mundo. Qué fácil sería si pusiéramos todos un poquito de nuestra parte, as creo que la intervención divina sería menos necesaria.



Con la incertidumbre del viaje que teníamos por delante de Jerusalem a Ramallah, nos han quedado muchísimas cosas por visitar, pero hemos decidido, después de comernos un shawarma en el barrio musulmán donde aterrizamos ayer, coger el autobús que cruza el check-point de Qalandia hacia Ramallah. Cruzar la frontera entre Israel y Palestina te puede llevar unas tres horas, nos habían dicho. Afortunadamente un una hora estábamos en Ramallah donde nos esperaban los compañeros de la asociación con la que vamos a cooperar.


Como es tradición en esta cultura, nos han recibido con los brazos abiertos, las mejores sillas, los mejores manjares y nos han buscado un estupendo alojamiento en el que ahora me dispongo a descansar para nuestro próximo día en Ramallah, el primero de trabajo verdadero.



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