2 agosto. Como en casa.


Por fin estamos en Tierras Palestinas! Aunque ayer ya empecé a sentirme cómoda al poco tiempo de llegar. Tras una larga espera en la que cada día se apoderaban más de mí los nervios y la incertidumbre, llegó el día 1 de agosto y a volar hacia Tel Aviv, aquello a lo que tantas vueltas le di resultó ser un viaje en avión de lo más normal, con sus retrasos y sus cositas sin importancia. Al llegar al aeropuerto cuatro preguntitas sobre el viaje y tenía en la mano mi visado, válido hasta noviembre y sin derecho a trabajar. 

Estaba en Israel. Coger un taxi y llegar hasta el hostal fue toda una experiencia. Allí me vi sin conocer el idioma del país (hebreo) y con mi pobre inglés que quería convertirse en árabe a cada palabra. Suerte que mis compañeras y compañeros se comunican perfectamente en el idioma “internacional”, ese que se supone que todos deberíamos aprender. Algún día escribiré sobre los millones de personas que hablan cada lengua, pero ahora no es el momento.

El taxi colectivo que nos llevó a Jerusalem iba que se las pelaba, parecía que no quería que viéramos algo y mira tú por dónde que a los lados de la carretera se erigía un gran muro, de esos que parece simplemente de separación autopista-campo, pero no, es el muro que separa dos tierras que antes fueron una, que separa familias y pueblos, que no es un simple muro es la expresión del conflicto existente que se pretende disimular, es el muro de la vergüenza.


Finalmente llegamos a nuestro destino, un hostal sencillito, tirando a cutre, que estaba justo delante de la Puerta de Damasco, que da entrada a la ciudad antigua de Jerusalem. Al levantar la mirada del suelo lleno de basura, de haber estado vendiendo verduras y otros, me encontré una grata sorpresa, todos los carteles estaban en árabe, incluso en el hostal. Sin darme cuenta empecé a sonreír y a sentirme como en casa cuando escuché en un local de comida rápida que los allí presentes hablaban en árabe. Me atreví a preguntar en árabe (cosa que había estado intentando evitar desde que me subí al avión) y recibí como respuesta una sonrisa y un gesto de aprobación, estaba en casa.



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