Veo a través de la ventana como se pone el sol mientras en mi olfato aún permanece el olor a quemado. No veo a través del cristal, sólo pasan por mi mente las imágenes que acabo de ver.
Veo pedazos de cristal en el suelo, muebles, quemados, paredes negras, ropa de bebé esparcida por el suelo.
En la pared de al lado unas cortinas que aún cuelgan medio quemadas, en frente la foto de un bebé, Alí, junto a su padre. Los dos ahora descansan en paz en su “paraíso”.
Oigo la voz de la abuela del bebé recitando versos del Corán y preguntándose entre lágrimas qué han hecho ellos más que esforzarse por tener unas tierras, trabajar y vivir como cualquier persona. Y ahora lo han perdido todo. A su hijo, a su nieto y pronto a su nuera que está grave en el hospital. ¿Qué les han hecho ellos a esos colonos que han quemado su casa? ¿Qué es lo que les han robado? ¿Cuál es su falta para este castigo? Sólo Allah lo sabe, murmura la mujer.
Me veo allí sentada en una sala, delante de una señora que lo ha perdido todo y en su voz no hay ni un mínimo resquicio de odio o venganza. Sólo confía en su dios y se resigna. Triste.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Me pregunto. ¿Cómo pueden unas personas que seguramente también tendrán familia, adentrarse en un pueblo a las dos de la madrugada, con la cara tapada y prender fuego a una casa habitada y quemar vivos a quiénes allí duermen? ¿Qué son los que hacen eso? ¿Se les puede llamar personas? Son criminales, terroristas que se esconden tras una bandera, una religión, una lengua, un gobierno que les apoya, les protege y una comunidad internacional que mira hacia otro lado.
¿Y qué tienen los palestinos para defenderse? En palabras de los allí presentes, sólo se tienen a ellos mismos. Su gobierno no les protege, la autoridad palestina no tiene autoridad, la comunidad internacional cierra los ojos “y mientras no digan stop Israel, esto se ha acabado son cómplices, criminales igual que ellos”.
Hace 16 días que estoy en Palestina. Poco antes de venir, las noticias españolas se hacían eco de la muerte de un bebé palestino, quemado vivo en su casa, junto a su familia mientras dormían a mano de colonos israelís. El lugar, Doma, una pequeña población junto a Nablus. Mi familia me preguntó preocupada, yo les respondí que esto era algo habitual en Palestina, que muere gente cada día, pero no sale en las noticias.
Jamás imaginé que entraría en casa de Alí y vería con mis propios ojos los restos de ese crimen. Más de 15 días después el olor a quemado permanece, penetra por tus fosas nasales y te inunda el corazón, te entristece el alma. Miras la pared del jardín de la casa, palabras de odio escritas en hebreo. Los vecinos te explican donde se encuentran los asentamientos, están alejados, hay que venir expresamente, el pueblo no está en medio de un camino por el que se pasa sin más. La casa está entre otras, no ha sido el azar el que ha llevado a esa familia a su fin, sino algo planificado, organizado.
Con nosotros han venido un grupo de representantes políticos y unos cámaras. Entrevistan a los vecinos, entre ellos está Ibrahim. Un chico joven que habla con decisión. Al principio lo escucho sin entender, luego empiezo a comprender que es su vecino y que fue el primero en acudir a la llamada de socorro de la familia. Explica con todo detalle cuales fueron sus pasos. Lo explica decidido, firme, pero al hablar de Alí, el bebé, se le nublan los ojos, le asoman las lágrimas “Qué dios lo proteja” الله يرحمه. No puedo reproducir sus palabras porque son demasiado duras. Sólo puedo deciros que es un héroe. Uno más de los héroes palestinos que he conocido.
Me alejo de la casa pesarosa. Debo reconocer que al principio no quería entrar y que cuando estuve dentro pensé que aquello no estaba bien. Pero luego, comprendí que debía verlo con mis ojos, sentirlo, y grabar las imágenes en mi retina y en mi cámara para poder explicaros los hechos sin intermediarios.
Me cuesta mucho publicar esta entrada en el blog. Porque puede parecer morbosa o sensacionalista. Pero es necesario que sepáis que he estado allí. Que las noticias no son sólo noticias, detrás de las letras y las fotos hay unas personas que sufren y que esperan que alguien les ayude. Esto, desgraciadamente, no es un hecho aislado. Ocurren episodios violentos, de odio y de discriminación cada día en toda Palestina, pero no son noticia. Y tampoco es noticia que existan unos carteles, como los que vimos en Hebrón, que incitan directamente a matar niños y quemar a los árabes. Suena fuerte, pero es la realidad y está ocurriendo. El apartheid en Palestina no es sólo económico y político, es mucho más.
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