14 de agosto. Algo inusual...


A las 6 de la mañana salimos de casa. Hemos quedado con Fadwa para subir a un autobús que nos llevará a una salida organizada por la asociación Sunflower que ella dirige. No sabemos exactamente de que se trata la salida, pero sabemos que iremos a la frontera con el Líbano, para eso necesitamos atravesar el check-point de Qalandia y entrar en territorio ocupado.

A las 7,30 estamos listos para la aventura. Fadwa nos habla por el micrófono. “Buenos días… disculpad el retraso, pero somos muchos…” (efectivamente, más de 70 personas, familias con niños, chicos y chicas jóvenes y no tan jóvenes, miembros de la asociación y simpatizantes). Continúa hablando: “inchallah, vayamos en paz y todo salga bien. Cuando lleguemos al check-point os acompañaré, ya sabéis el racismo y la discriminación que sufrimos por la ocupación, sabéis como funciona…”

Se refiere a que de las personas allí presentes, todas palestinas excepto nosotras 4, sólo unos 14 tienen permiso para entrar a Israel, el resto unos 54 necesitaron tramitar un permiso especial, para poder ir a pasar un día en familia a lo que una vez fue parte de su tierra. Esto significa que, al llegar al check-point las personas con permiso especial deben bajar del autobús y atravesar andando.

Nos bajamos con ellos, a pesar de que no es necesario porque tenemos pasaporte extranjero y visado israelí. Pero queremos ver con nuestros propios ojos que es lo que sucede allí, como funciona. Tenemos algunas imágenes, aunque está prohibido grabar y hacer fotos. ¿Qué tienen que esconder? En seguida lo averiguamos. Nuestro grupo va delante, con sus permisos en la mano, dispuestos a pasar un día de picnic en familia. Dos personas pasaron el control, a partir del tercero empezaron a denegar la entrada, aludiendo a la hora que figura en el permiso. Habíamos llegado algo antes de las 9. En seguida, Fadwa se pone en marcha, se acerca a la valla para preguntar a los soldados (que controlan el acceso) si podrán pasar después de las 9, le contestan que no. Pide explicaciones pero no se las dan. Se dirige a un búnquer y llama al soldado que está dentro, hasta que este abre una de las ventanas. Un chico de alrededor de 25 años o menos que nos dice, desde dentro, que hoy no podrán atravesar este paso, ni a las 9 ni en todo el día. Ella le pide por favor que la ayude, “tenemos un permiso especial, el bus está al otro lado, por favor, ayúdanos”. Le contesta que no puede hacer nada y que le informan de que crucen por otro check point, que está a unos 20 km de éste.

Para llegar al otro paso, necesitan un autobús, ya que el nuestro espera al otro lado (los vehículos y las personas con permiso pasan a parte). Como no habrá sitio en ese autobús, porque la mayoría del grupo ha de volver, nos piden que pasemos al otro lado y nos unamos a los que ya han podido pasar. Para eso, nos ponemos a la cola y esperamos nuestro turno para atravesar pasillos vallados, puertas giratorias que se abren por grupos reducidos, escáner, arco detector y finalmente, enseñar tu documentación a un grupo de soldados que esperan sentados en un búnquer. Soldados que, como el anterior, no superan el cuarto de siglo si es que llegan. Conseguido, pasamos el control y al final del pasillo encontramos un cartel que nos desea buena estancia…

Afuera nos espera el autobús. Nos dirigimos al otro check point, y allí estamos a las 9,45 esperando a los demás. Mientras tanto hablo con algunas personas, algunas en árabe, otras en inglés, incluso algunos en castellano. Nos preguntan que nos ha parecido el tema del check-point, “esta es nuestra vida” dicen con una sonrisa “escribe, escríbelo todo, que la gente de tu país sepa lo que hay aquí” “estamos contentos de haberos conocido” nos dicen. ¿Qué le puedo decir? Yo sí que estoy contenta de haberos conocido, de tener esta oportunidad de compartir con vosotros vuestra vida, vuestra paciencia y fortaleza.

Cada persona que se sienta a mi lado, cada una con la que hablo, tiene una historia que contar. Me siento un rato al lado de una chica que conocimos ayer, 43 años y 5 hijos. Me pregunta, como todos, que me parece su día a  día. “duro” le respondo. Le explico algunas de nuestras experiencias y me dice: “mi casa está al lado del muro, de hecho está partida por el muro” Su hijo estudiaba en la facultad a 5 minutos de su casa, ahora necesita entre una hora y una hora y media para llegar allí, porque tiene que rodear el muro y pasar el check-point.

A las 10 de la mañana nos cambiamos al otro autobús con algunas de las personas que han conseguido atravesar por el otro acceso. Empieza el viaje por la histórica Palestina, denominada hoy "Estado de Israel". Para casi todos esta es la primera vez. A los lados de la carretera, podemos ver obras de grandes infraestructuras, carreteras, puentes, túneles. Esto es otro mundo. Algunos miran expectantes a uno y otro lado. Un señor va explicando los millones de dólares que cuesta todo esto. Se viven momentos de tensión. Nosotras observamos desde la última fila. Miro  por la ventana y veo cosas habituales para mí, pero que son un gran contraste dentro de una misma tierra, un contraste provocado por la división política y económica. Por el desequilibrio de poder.


Aquí a los lados de la carretera se pueden ver grandes extensiones de terreno cultivado, hectáreas y hectáreas verdes, con sistema de regadío. De hecho están regando a las 12 del mediodía. Esto me hace pensar en los días que estuvimos en Tulkarm, donde los agricultores tienen un sistema de gota a gota y una gran restricción de agua. Aquí, en cambio, el agua no escasea. Toda el agua que baja de las montañas se retiene aquí, en Israel, gracias a muros y presas y bombas que extraen el agua de cientos y cientos de metros bajo tierra, secando la parte palestina de los acuíferos. Pasamos al lado de un gran pantano, todo el autobús mira hacia él en silencio. Me pregunto qué pensarán, que sentirán. Se les ve ilusionados, como cualquiera que va de excursión. Pero si yo me siento así de mal, frustrada e incrédula. ¿Cómo deben sentirse ellos?

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